Muchas veces, como mujeres adultas, vivimos situaciones que nos remueven por dentro sin saber muy bien por qué. Nos sentimos solas, inseguras o ansiosas en relaciones, dudamos de nuestro valor, evitamos la soledad o, por el contrario, la buscamos como refugio para no depender de nadie. Y, aunque no siempre lo reconozcamos, esas emociones muchas veces tienen un origen más profundo: las heridas emocionales de la infancia.
Hoy quiero hablarte de una en concreto, una que veo con mucha frecuencia en mí y en otras mujeres con las que trabajo o comparto camino: la herida de abandono.
¿Qué entendemos por abandono emocional?
Cuando hablamos de abandono, no nos referimos solo a la ausencia física de una figura parental. El abandono emocional es igual de potente y más difícil de identificar. Puede ocurrir aunque nuestros cuidadores hayan estado presentes físicamente.
Ocurre cuando nuestras emociones no fueron escuchadas, cuando nos hicieron sentir que necesitábamos “ser fuertes”, que no podíamos molestar, que no era seguro expresar tristeza, rabia o miedo. Aprendimos a desconectarnos de lo que sentíamos para no incomodar. A ser niñas responsables, complacientes, invisibles.
Y sin darnos cuenta, esa niña interior herida sigue actuando desde dentro.
¿Cómo se manifiesta el abandono en la vida adulta?
La herida de abandono no desaparece con la edad. De hecho, muchas veces se intensifica. Puede manifestarse en nuestras relaciones, en nuestra forma de hablarnos, en las decisiones que tomamos. Algunas señales comunes son:
-
Miedo intenso a que te dejen o te rechacen.
-
Dependencia emocional: necesitas estar en contacto constante para sentirte segura.
-
Dificultad para poner límites: te cuesta decir «no» por miedo a que se alejen.
-
Necesidad constante de aprobación externa.
-
Incomodidad con la soledad, aunque te digas que “prefieres estar sola”.
-
Autonegligencia: dejas para el final tus propias necesidades, como si no importaras.
Y quizás lo más doloroso: repetimos el abandono con nosotras mismas. Nos dejamos para después. Nos silenciamos. Nos exigimos más de la cuenta y nos culpamos por sentir demasiado.
¿Cómo empezamos a sanar esta herida?
Sanar no es un proceso lineal ni rápido. Pero sí hay algo muy poderoso que podemos hacer: empezar a escucharnos con amor y paciencia.
Una parte fundamental es reconocer que esa niña interior sigue viva dentro de nosotras. Que no está “loca”, ni es exagerada, ni necesita “madurar”. Solo quiere ser vista, escuchada, cuidada.
Aquí te dejo algunas ideas que pueden ayudarte en ese proceso:
-
Date permiso para necesitar: no es debilidad, es humanidad.
-
Observa tus emociones sin juicio: especialmente cuando se activen en relaciones.
-
Pon límites, aunque duela: porque protegerte también es una forma de amor.
-
Revisa tu diálogo interno: ¿te hablas con ternura o con dureza?
-
Busca espacios seguros para expresarte: terapia, escritura, grupos de mujeres, naturaleza.
Un recordatorio final
Sanar la herida del abandono no significa olvidar lo que pasó. Significa dejar de vivir desde esa herida. Es aprender a estar para ti. A darte lo que un día te faltó.
No tienes que volverte dura para sobrevivir.
No necesitas adaptarte para que te quieran.
Mereces amor. Mereces contención. Y mereces tu propio abrazo.
Y aunque el camino no siempre sea fácil, te prometo que volver a ti es el viaje más valiente que puedes hacer.




